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La Voz de Gran Canaria

Contra el trapicheo

Contra el trapicheo

ÁNGEL TRISTÁN PIMIENTA

Se mire como se mire, José Segura ha conseguido ´rellenar´ la plantilla de la Policía Nacional en la provincia de Las Palmas. O mejor, situarla al 110%, lo cual ya es una hazaña partiendo de la situación anterior. Cierto es que un porcentaje de los efectivos son agentes en prácticas, pero lo que importa es que los uniformados hagan su labor en las calles, estén en periodo de formación o cumpliendo las bodas de plata. Hay que tener en cuenta que la RPT de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado disminuyó, en vez de aumentar, durante los dos sucesivos mandatos de José María Aznar, en paralelo al vertiginoso incremento de los medios privados. La actualización de los efectivos tropieza con el obstáculo de las capacidades en las Academias, tanto de la Policía Nacional como de la Guardia Civil, así que el ritmo ha de atemperarse necesariamente a las disponibilidades formativas.

De manera paralela, Interior ha activado una serie de planes ´de choque´ en aquellos segmentos de mayor interés público por su cercanía. Por su actualidad, destacan los elaborados contra el trapicheo de drogas alrededor de los colegios e institutos, y en las discotecas y locales, o lugares, de ocio, que sin duda despiertan una grave preocupación en los padres y educadores.

El consumo de sustancias estupefacientes por la juventud canaria es muy alto, y cada vez la iniciación se produce a edades más tempranas. Así que las medidas generales no son suficientes por sí mismas, ni los buenos deseos acerca de la corresponsabilidad social y el autocontrol de los chicos y chicas. El trajín de los ´camellos´ merodeando por las cercanías de los centros de estudios, con sus ´amotos´ y sus abalorios de oro, incluyendo un piercing de brillantitos, es una mala señal. Lo sensato es montar un ´cordón sanitario´ que proteja las aulas de un camino que, en un grado muy elevado, conduce a la enfermedad, la marginación, la frustración, el fracaso y la delincuencia.

No son palabras vanas ni sermones de ´viejos´. Basta con hacer una estadística en los IES con mayor riesgo: el resultado es espeluznante. Para muchos profesores que prestan sufridos servicios en determinados colegios e institutos la realidad se va acercando a las que reflejan las películas de establecimientos ingobernables en los ´bronx´ de las ciudades norteamericanas, pandilleo incluido. La noción de disciplina, autoridad y esfuerzo personal ha desaparecido casi por completo, entre otras razones por la impunidad de la transgresión de la ley y de las normas elementales de convivencia. La falta de respeto se generaliza, surge un destructivo nihilismo que se aprovecha del poco seso y del analfabetismo funcional y mental, creando un panorama en el que parece que lo anormal es normal, y que estudiar es una pérdida de tiempo y un despilfarro de los entusiasmos juveniles. "Vendiendo porros o pastillas, gano lo que no ganas tu en un año", le han dicho muchos alumnos a sus docentes, que no tienen más remedio que resignarse a lo irremediable. No hace una semana un maestro le contaba a un magistrado algunas de sus descorazonadoras experiencias personales en esta materia.

Pero toda situación puede reconducirse si se cuenta con los medios y la determinación necesaria para ello, además de unos pocos objetivos, pero muy claros y precisos. En este sentido, las actuaciones ´de choque´ de la Policía y la Guardia Civil no constituyen un parche o una estrategia de marketing sino un instrumento complementario irreemplazable, como en su día lo fue la policía de proximidad, que no hizo sino recuperar la figura tradicional del guardia que vivía el barrio y conocía a los vecinos, sus problemas y las ´tendencias´ delictivas.

La sociedad actual es muy compleja, porque conforme se crece los temas abandonan la simpleza natural para volverse políedricos, llenos de matices y de efectos ´colaterales´ y problemáticos juegos de equilibrios y nuevos vectores de fuerza. Lo único que debe quedar claro es que cualquier solución pasa por aprovechar las sinergias de todas las policías, y que los ayuntamientos completen y optimicen sus plantillas y sus equipos técnicos, casi siempre ´manga por hombro´. El problema se agrava en las grandes ciudades, donde los recursos son muy inferiores a las necesidades, y en ese caso el resultado está cantado: aumento de la delincuencia y degradación proporcional de la convivencia ciudadana.

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