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La Voz de Gran Canaria

“Un tal” Abreu Galindo

“Un tal” Abreu Galindo

JOSÉ A. ALEMÁN

La reforma del Estatuto canario no enfría ni calienta. Será por eso, para animar el cotarro, que El Día propuso ayer, en editorial, aprovechar la reforma para cambiarle el nombre a “Gran Canaria” y dejar a la isla en “Canaria”, a secas. Para el editorialista, “Gran” es un “prefijo”, lo que indica que el fracaso escolar llegó a la Gramática. Y lo atribuye, el “prefijo”, al “envanecimiento” de una isla (Gran Canaria, of course) “tan equívoca y falsa como insolidaria y perversa”. El cambio de nombre “sería el punto principal” de la reforma. Por lo visto, no hay nada más importante.

No les cansaré con detalles del texto. El odio es libre y cada cual lo dirige contra quien cuyo. Pero ofende el periódico a los creyentes eligiendo el domingo, Día del Señor, para escupir sus poco evangélicos mensajes; y denigra el conocimiento al alardear de ignorancia, pues confiesa “no haber rebuscado en libros, viejos archivos o pergaminos” para razonar la solicitud reformadora. ¿Será la vanidad canariona verdad revelada susceptible de convertirse en proyecto de ley orgánica? Qué cosas, oye.

“Dicen”, reza el editorial, “que fue un tal Fray Juan de Abreu y Galindo, del que ahora incluso se pone en duda su existencia, el que tuvo la genial idea”. La idea de darle nombre a Gran Canaria, se entiende. Y todo porque el fraile osó anotar que el nombre le viene “no porque sea grande la isla, ni la mayor en cantidad, sino en cualidad, por la grande resistencia y fortaleza que en ella halló de los naturales en defenderse y ofender con destreza de los que mal y daño les querían hacer”. La indignación retroactiva del editorialista con “el tal” Abreu le hace dudar de su existencia y eso sí que no.

Quiero decir que, si nadie niega la existencia de Shakespeare porque no se sabe realmente quién era, puede afirmarse asimismo que Abreu existió porque ahí está su obra. Otra cosa es que pudiera haber sido un seudónimo: el de Gonzalo Argote de Molina, por ejemplo.

Además, no es justo culpar a Abreu-Argote de bautizar a la isla odiada. Antes que él, Torriani le aplicó el mismo apócope en su Descripción. Y dado que en las crónicas de la conquista normanda figuran las denominaciones de Grant Canare y Grant Quenare (y también Canare, para tranquilidad del bizarro editorialista), habría que remontar a principios del siglo XV el origen del “envanecimiento”. No sé si la Arqueología registra por su parte algún vestigio prehistórico de semejante vicio del alma.

Gracias a Dios aún no ha descubierto el periódico que los habitantes prehispánicos de Gran Canaria fueron conocidos como “canarios”; que el nombre se relaciona con la tribu norafricana de los canarii (=comedores de perros); que en las otras islas llaman “canarios” a los habitantes de la despreciada; que el despectivo “canarión” equivale a “canario grande”, por lo que no debería utilizarse el aumentativo en vano; que “canario” es el gentilicio de los habitantes de Gran Canaria y de su capital, de modo que ni les digo como nos pongamos todos a reclamar y se reivindique la exclusividad canariona del nombre del Archipiélago. Sólo escaparía del tsunami denominativo el anticiclón al que, sabia y providencialmente, bautizaron “de las Azores”. Menos mal.

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1 comentario

ataza icate -

De acuerdo con todo, menos en lo de "comedores de perros". Un poco de autoestima...

kanar-t, ‘tribu o hijos del frente, valientes’








lo de "comedores de peros"
bu o hijos del frente, valientes’
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