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La Voz de Gran Canaria

Esperar sentado

Esperar sentado JOSÉ A. ALEMÁN

Tiene razón Karl J. Müller, en su mensaje de ayer a esta sección, al discrepar de mi idea acerca de la rentabilidad de la ignorancia. Comparto, asimismo, su opinión sobre el efecto multiplicador de la difusión de la cultura para el prestigio de una marca turística y sobre la afluencia de visitantes. Y vuelve a tener razón respecto a la Feria del Libro de Frankfurt, que conozco, como sé del interés en ella de Manolo Padorno al frente de Ediciones JB, cuando se plantó allí sin otro apoyo que su propio entusiasmo. No es menos cierto que todas las comunidades autónomas españolas con intereses turísticos tienen en esta Feria su stand. Menos la canaria, claro. La colista.

Lo que ocurre es que Karl J. Müller no reparó en la ironía de mi afirmación, pues me refería a la específica rentabilidad de la ignorancia para el negocio de los especuladores: al no tener que habérselas con un pueblo que tenga conciencia cabal del valor de sus entornos urbanísticos, de sus edificios históricos, del paisaje natural y de la delicadeza de los sistemas ecológicos, nada les impide hacer el agosto. Y no va el Gobierno a crear esa conciencia; hasta ahí podíamos llegar, con lo caras que son las campañas electorales.

Es un hecho la poca resistencia que ha encontrado la especulación para llenarse los bolsillos de mala manera; otra cosa es que esa rentabilidad puntual para ellos acabe por volverse en contra nuestra, si no lo está ya. Manolo Vázquez Montalbán solía decir que mal va un pueblo que desprecia su propia gastronomía, lo que bien podría extenderse a otros aspectos de la cultura; como la pérdida casi total de los referentes físicos, ambientales y espirituales que proporcionaron a generaciones anteriores, entre otras la mía, su primera percepción inmediata del mundo de la que ya no disfrutarán quienes nos sucedan. No puede esperarse un comportamiento diferente en otras vertientes de la cultura menos notorias. Todo un drama que nos está pasando facturas de desarraigo y marginación.

Pero me alegro que Müller no advirtiera la ironía. Es más: estoy seguro de que sí lo hizo y prefirió pasarla por alto como pretexto para su interesante mensaje. Lleva, dice, más de veinte años acudiendo a la Feria del Libro de Frankfurt y considera frustrante que Canarias no la aproveche en su doble dimensión, la cultural y la turística. Lamenta que los políticos, después de tolerar y hasta promocionar la destrucción del patrimonio material isleño, sean incapaces “de presentar debidamente el patrimonio literario (y musical, dicho sea de paso)” en el corazón de un país de la importancia turística de Alemania y en una Feria del Libro de tremendo potencial difusor.

Müller, aquí viene lo bueno de lo peor, no se limita a hacer sugerencias. Según afirma, tras comentar a gentes de la cultura su idea, “agarré la documentación de inscripción, hablé con las responsables en la feria del área hispanoparlante (encantadas con la idea), lié un paquete de documentos sobre condiciones y precios, direcciones, mails y teléfonos y lo entregué personalmente en la oficina de doña Dulce Xerach que no se encontraba en Las Palmas. Ofrecí apoyo gratis como traductor y el conocimiento de la Feria de Frankfurt... pues no recibí ni un mail de haber recibido la documentación. Como si la hubieran tirado a la papelera”. Que será lo más probable: no va Dulce Xerach a darle aire a un canarión, aunque sea alemán, después del esfuerzo de desmontar la administración cultural autonómica en Gran Canaria. Que, por cierto, para lo que servía no se echa en falta. Una malcriadez más del Gobierno el ni siquiera responder; para decir que no, claro, porque sería absurdo esperar cosa distinta.

Termina diciendo Müller que está jubilado y se aburre y que “a lo mejor pongo yo un kiosko de literatura canaria en Frankfurt e invito a las editoriales canarias a participar”; lo que remata con una buena muestra de su adaptación a nuestro medio político y social al considerar que quien espere que reaccionen las autoridades debería buscarse una butaca cómoda; lo que equivale al muy castizo de más vale que esperes sentado, que es nuestro sino con esta gente mandarina.

Lo malo no es que hayamos perdido treinta años de Feria de Frankfurt, como indica nuestro comunicante, sino que deben por perdidos los treinta siguientes.
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