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La Voz de Gran Canaria

La ciudad se cae a cachos

La ciudad se cae a cachos JOSE A. ALEMAN

El jueves se despachó a gusto el macho Soria durante la inauguración de la Plaza Woerman. En un aparte con los periodistas se lanzó, el hombre, a los consabidos sapos y culebras contra los psocialistas y el mester de progresía en su agradable tono de siempre, adornado, para la ocasión, con la altisonancia propia de su desagradable talante. Como saben, Soria dixit, psocialistas y progres no viven sino para conspirar contra la ciudad y la isla a la que él está dispuesto a defender hasta el último aliento. Del último aliento nuestro, claro, porque como lo dejemos acaba con nosotros. O sea, el discurso insularero del que les anticipé algo ayer en el que él se presenta como solución cuando es parte del problema.

Se le veía, me cuentan y pude ver por la tele, nervioso y crispadillo de tantísimo que le duelen la ciudad y la isla y dos piedras. Nunca ha tenido altura en sus planteamientos políticos, pero me pareció esta vez especialmente navajero. De las que largó, que fueron muchas y variadas me hizo gracia su referencia a la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria de cuando accedió a la alcaldía. Dijo que olía mal y que los parques infantiles estaban llenos de jeringuillas. No digo, desde luego, que fuera una perita en dulce lo que recibió, porque es cierto que estaba en el piso; pero sí que, quitando los céspedes que plantificó en los lugares visibles y algún que otro remozamiento, horterilla casi siempre, la ciudad sigue oliendo mal y los barrios menos frecuentados por los visitantes están que se caen, con los jardines llenos de eso, de jeringuillas, de excrementos de animales y de cuanta basura quieran ustedes; por no entrar en desperfectos de aceras y calzadas y en la cochambre como señal de identidad. Un asco de tal calibre que no escapan ya ni los aledaños de Las Canteras, que no hay por donde cogerlos. A la vista está para quien quiera verlo.

Ni mejoró él la ciudad ni lo ha hecho su sucesora. Ya han comenzado, por cierto, a cargarse el espacio de la Avenida Marítima con esas grandes tuberías plantificadas en varios tramos del paseo porque salía más barato a la contrata amiga recortar el espacio de los peatones que hacer las cosas bien. No les digo de la desarbolización porque también está a la vista.

Me dicen que una televisora local pasa con frecuencia reportajes de los barrios que fijan en imágenes el tercermundismo de no pocas zonas de la ciudad. La misma televisora que se propone montar un video para pasarlo fuera de las Islas, a ver si así se enteran Soria y el PP de que miles de ciudadanos gobernados desde hace dos legislaturas y media por los populares viven en entornos cada día más degradados.

Por hacerme una idea, se me ocurrió la otra mañana darme una vuelta por un buen número de barrios; sin apenas detenerme, que ya no está uno en edades reporteriles, aunque a veces le dé el arrebato como el ex fumador cuando huele los aromas de un buen veguero. Entre lo que vi y lo que puedo imaginar, una de dos, o Soria no conoce bien Las Palmas de Gran Canaria o miente. Hacía años que no iba por esos barrios y llegó a asustarme lo que vi. Y puedo asegurarles que he visto bastantes cosas, aquí y fuera de aquí. Mucho Woerman, mucha Gran Marina, water front, perspectivas de tremendos negocios, de capitalidades atlánticas tricontinentales, de ciudad de Congresos y millones de euros en RIC que se convierten en retórica huera, cuando no en demagogia, apenas uno se pone a mirar.

Las cosas han llegado al extremo que me parece frivolidad, fíjense lo que les digo, hablar de la conservación de Vegueta y de nuestro escuchimizado partrimonio a manos de esta gente cuando hay tantísimas personas que viven en semejantes condiciones. Y mucho más frívolo aludir a que de esas zonas salen para Soria y el PP buena cantidad de votos: todos sabemos cómo se comporta el voto en las áreas donde el subdesarrollo se ha establecido.

Como verán he procurado contenerme para no largar. Estoy harto de comprobar que sirve de poco y creo más práctico invitarles a ustedes a darse un garbeo por los barrios y fijarse. A ver si exagero. Indigna la indiferencia de los mandarines ante situaciones que están cebando una bomba social que puede estallar el día menos pensado. Ni se ocupan. Aunque eso me preocupe menos que pensar en la sociedad, en la ciudad, que dejaremos a nuestros hijos y nietos y la amargura que produce la sola idea de que mejor estarán viviendo en otro sitio.

Les gusta mucho a los mandarines hablar de espléndidos futuros, pero la realidad es que la experiencia histórica indica que degradaciones como la que hoy se observa, con sus secuelas familiares, educativas, con una marginalidad creciente, que se detecta a simple vista en las colas de los comedores gratuitos y en la de personas que duermen en las calles, no avalan semejante optimismo sino, más bien, todo lo contrario.
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