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La Voz de Gran Canaria

CC, sin ideas

CC, sin ideas JOSE A. ALEMAN

El debate del Congreso de los Diputados sobre el plan Ibarretxe fue de los que hacen afición. Tuvo altura y visualizó las dificultades de España para constituirse en el Estado plurinacional que es; lo que sería deseable lograr de forma natural, sin necesidad de llenarse la cabeza de nacionalismos. Reflejó la sesión que el sistema autonómico actual no es ya respuesta a realidades como la vasca y la catalana. O la canaria, aunque Paulino Rivero no lo sepa aún. Después de oírle, sin una idea, comprendo que su partido sea un rebaño de cabras. Ni siquiera habló de carnavales, a pesar de llevar el disfraz de portavoz de CC.

Quedó clara en el Congreso la necesidad de reformar los estatutos. No es preciso apelar para justificarla a esa abstracción del “máximo nivel de autogobierno” con que aquí nos atormentan, como si de batir un récord de escalada se tratara. Es que el ingreso de España en la UE se produjo con los estatutos en marcha y trajo cambios sustanciales que corrieron paralelos a la globalización económica; se hace preciso, pues, adecuar los estatutos a las nuevas instituciones y a la dinámica que vivimos, todo ello inexistente o en ciernes cuando se redactaron los estatutos. Aquí cabe la referencia a los reproches al Gobierno central respecto a lo poco que le duele renunciar a aspectos sustanciales de la soberanía del Estado, como la moneda única o la futura política exterior común, mientras se muestra cicatero para soltar a las comunidades autónomas, a las que da en la cocorota con la Constitución de canto. Con mayor o menor contundencia según gobierne el PSOE o el PP, que la encuadernó con tapa dura doble para hacer más daño.

Es justo el rechazo al plan Ibarretxe en la duda de que lo respalde un consenso entre los vascos suficiente para erigirse en el documento a negociar. No lo es, a mi entender, alegar histéricamente su inconstitucionalidad porque, a lo mejor, lo que viene a poner de manifiesto, miren por donde, es la necesidad de reformar la propia Constitución. Es lógico que un Gobierno central se tiente las ropas ante el desbordamiento de los límites constitucionales y que ponga ahí el acento; en el buen entendido de que sea llamada a la prudencia en evitación de saltos en el vacío y no que se considere la reforma constitucional un imposible categórico. Gobernar en esta materia es conciliar ambos extremos.

La Constitución es para los ciudadanos y no al revés, de modo que cuando se tilda algo de inconstitucional ha de quedar claro que no es pecado ni se anatematiza al supuesto pecador: puede haber una mala lectura del texto constitucional por el proponente, pero también que sea llegado el momento de la reforma; porque a lo mejor no se ha desbordado la Constitución sino que el traje se le ha quedado chico al desarrollo político del país.

Ibarretxe aprovechó el proceso abierto de reforma de los estatutos para llevar su plan al Parlamento vasco; que lo aprobó y envió como su propuesta formal al Congreso, donde fue rechazado. Todo de acuerdo con la ley. Toca ahora mover ficha al lehendakari, que habrá de optar entre empecinarse o volver a empezar enhebrando los mayores consensos. Seguramente optará racialmente por lo primero. Ya se verá.

El debate permitió a los catalanes asomar la cabeza. No dejan escapar una, los condenados. Cuando su Estatut llegue al Congreso no podrán alegar los contrarios falta de consenso, como en el caso del plan Ibarretxe. Llegará tan consensuado que hasta el PP catalán está dispuesto a sumarse a su elaboración. Disponen los catalanes de líderes de altura y respeto, sutiles pero firmes y con un sentido de la realidad, de la suya y la del resto del país, que les falta, a mi entender, a sus colegas vascos, que parecen tener siempre presente que con sus montañas no pudieron romanos ni árabes. Posiblemente serán las propuestas catalanas determinantes de la reforma constitucional si, como parece, otras comunidades autónomas se miran en el espejo de su proceso estatutario interno antes de viajar al Congreso.

Es lamentable que Paulino Rivero no dijera qué le va a Canarias en este baile. No lo sabe.
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