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La Voz de Gran Canaria

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TEODORO SANTANA

Los parlamentarios autonómicos están en amor y compaña unánimes en que, con dinero público, se otorguen toda clase de privilegios y prebendas a los ex presidentes del gobierno autonómico. Dinero, oficina, secretario, coche y chófer dentro y fuera del Archipiélago y sueldo vitalicio equivalente a la pensión máxima. Espero que lo mismo se dé a los 130.000 parados y a las más de 450.000 canarias y canarios que viven en la pobreza. Esto no les parece corrupción. Desvergüenza. Podredumbre.

Habrá que ponerles como ejemplo, una vez más, la vida de Lucius Quinctius Cincinnatus, modelo de lo que debe ser un político y de la virtud y de la integridad cívicas. Vivía frugalmente, trabajaba él mismo sus tierras y era totalmente consecuente con sus ideas. En el 458 a.C. la joven república romana estaba siendo atacada por los ecuos, y todo su ejército, al mando del cónsul Minucio, estaba al borde del desastre, atrapado en un desfiladero. Para salvar la gravísima situación, se nombró a Cincinato "dictador", un cargo que era excepcional y sólo por un periodo de seis meses. Cuando se le informó de su designación, Cincinato estaba arando su campo. Dejando el arado, se marchó al foro, reunió un nuevo ejército, avanzó rápidamente hacia el lugar de la batalla, derrotó a los ecuos, rescató a Minucio y a su ejército, y volvió a Roma. Entusiasmados, los romanos quisieron nombrarle dictador perpetuo, pero Cincinato renunció inmediatamente, sin quedarse en el cargo ni un minuto más de lo necesario, y volvió a trabajar sus tierras.

Pero aquí lo público es sólo un botín a repartir. Exenciones fiscales, RIC, contratas, subvenciones. Y, por si faltaba algo, esta canonjía a los ex presidentes. Con las perras de todos. Y sin que ninguno de los beneficiados haya tenido la decencia de renunciar a los privilegios. Escasez de profesores, de médicos, de servicios. Salarios por debajo de la media estatal. Presión fiscal en aumento para los que trabajamos, que somos los que sostenemos el tenderete. Pero los señoritos se reparten las gabelas. Ya ni se cortan: le da más vergüenza a uno que a ellos. Qué morro, señor, qué morro.

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