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La Voz de Gran Canaria

Santa Catalina en blanco y negro

Santa Catalina en blanco y negro

RAUL GIL

Los últimos 50 años de historia del parque Santa Catalina han pasado por el objetivo de Eduardo Vargas. Hasta su puesto en pleno parque, y bajo el rótulo de Fotos Eduardo, llegaba gente de toda la Isla, de la Península y muchos turistas de paso por la ciudad. Hace 14 años que se retiró y con él desapareció el último fotógrafo del parque Santa Catalina, pero en sus instantáneas quedó capturada parte de esa historia.

Eduardo Vargas Peña ("pon bien clarito que soy canario y nacido en Las Palmas", insiste ante la creencia de que lo tienen por peninsular) cuenta con 72 años y ha vivido toda su vida en el parque Santa Catalina, donde sus padres abrieron un quiosco de tabaco en 1940. "Yo ayudaba a mi padre en el quiosco, pero ya de niño me interesé por la pintura y la fotografía, y con 19 años me saqué el título de fotógrafo por correo". A pesar de tener el título, Eduardo hubo de esperar a que uno de los cinco fotógrafos oficiales que entonces había en el Parque se retirara y le dejara la plaza, cosa que no ocurrió hasta 1952. "Recuerdo que la primera foto que hice fue al señor Vallecillo, que tenía una gasolinera encima de los baños públicos, donde antes estaba la fuente".

Cuenta Eduardo que en aquellos años, el trabajo se reducía prácticamente a "las fotos a la minuta", instantáneas que se entregaban al cliente al minuto de haber posado. También hacía fotos de recuerdo, y a personajes populares como Pepe el Cañadulce, Andrés el Ratón o la imprescindible Lolita Pluma. "La primera época fue muy precaria, no sacábamos ni para comer", dice mientras rememora que cobraba dos pesetas por tres fotos. Para ahorrar, Eduardo elaboraba el revelador él mismo, mezclando los distintos productos químicos. "Tenía las manos todas quemadas de manejar esos productos", asegura. "Era un parque muy provinciano, sin el ajetreo de ahora; incluso los domingos venían un montón de chicas solteras a dar vueltas, a conocer chicos, pero a las nueve desaparecían todas porque tenían que estar en casa". A finales de los 50 la perspectiva mejoró. La obligación de tener DNI llevó a los ciudadanos a hacerse fotos de carné en masa, y Eduardo supo sacar provecho. "Desde primera hora había colas de gente para hacerse las fotos", dice.

Con los 60 llegó el boom del turismo y con él la época de vacas gordas para el Parque, aunque no precisamente para Eduardo. "Era gente que venía con dinero, pero a mí no me dejaban mucho porque traían sus propias cámaras, y muy buenas, por cierto". Con los buenos tiempos, Eduardo decidió ampliar el negocio y comprar varios telones (cartones donde los clientes sólo ponían la cabeza y el cuerpo estaba pintado), un caballo de madera y hasta un camello para que los niños posaran.

Tras la época de los hippies y el Catalina Park, llegó el declive. "En los 80 se cambiaron las tornas porque el turismo se fue de la capital y muchos negocios cerraron; el Parque también se llenó de droga y gente rara... eran años en los que malamente daba para vivir". En parte por esta causa, y sobre todo por vejez, Eduardo se convirtió en esos años en el único fotógrafo de Santa Catalina. Con la última remodelación del Parque, el tradicional puesto de fotografías de Eduardo y hasta el camello de pega, que tan conocido era entre los niños de la zona, desaparecieron por otro local más moderno. Sin embargo, Eduardo decidió que tras 40 años en el Parque ya era hora de retirarse, y en 1991 cerró el puesto. "Yo sigo viniendo al Parque, todos los días, pero ahora a pasarlo bien, jugando al dominó con los amigos", cuenta.

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