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La Voz de Gran Canaria

Una tienda "de aceite y vinagre" de Telde es justamente reconocida como bien etnográfico

Una tienda "de aceite y vinagre" de Telde es justamente reconocida como bien etnográfico

«¿Qué, mi amigo?». Así recibe Panchito a sus clientes en el histórico barrio de San Juan de Telde. A sus 82 años sigue al frente de la que está considerada como una de las tiendas de aceite y vinagre mejor conservadas de la Isla. Data de 1915, pero Panchito la regenta desde 1948. Hoy en día figura en la Guía del Patrimonio Etnográfico de Gran Canaria.
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Uno cruza el umbral de la puerta y se da de bruces con otra época. Un mostrador antiquísimo de madera, una pesa de 1932, un dispensario de botes para golosinas de mediados de los 50 del pasado siglo XX, una exposición de decenas de botellas con más de 45 o 50 años de historia y, sobre todo, un tendero irrepetible, de los de antes. Panchito Jiménez resiste desde su pequeño bastión de la plaza de San Juan a la vorágine actual de los grandes centros comerciales. No les teme porque no compite con ellos. «Esto para mí es un hobby, hago lo que quiero y abro cuando me da la gana», cuenta no sin cierta socarronería.

Se mueve lento, pero seguro, agarrado a su muleta. Cuando se cansa o los clientes están servidos, se sienta en su banqueta de la esquina. Le gusta charlar, contar historias, anécdotas que sólo conoce quien ha visto pasar a tante gente por su mostrador. Ahora le llega menos trabajo. Antes le compraban las señoras del barrio y hoy son más asiduos los que llama «los deportistas del codo», lo que no quita para que renuncie a darse publicidad. O al menos así lo entendieron sus amigos de la tienda, que le confeccionaron un curioso cartelón, traducido incluso al inglés, para anunciarse ante los turistas. «Hay que coger recorte hasta de la juventud», explica con sorna.

No falta detalle. A su edad Panchito Jiménez se lo toma con paciencia. Abre mañana y tarde, pero a las horas que puede o le deja su salud. Y eso que no está quieto. Estos días, por ejemplo, anda empeñado en montar unos artilugios artesanales de calabaza para mostrarlos junto al resto de las herramientas del campo, entre azadas, sachos, palillas, regaderas y hasta jaulas de madera, que cuelgan de unas barras sobre el mostrador de su casi centenaria tienda de aceite y vinagre.

Algunos sábados, después de cerrar, le dedica horas a la tienda para pasarle revista a las instalaciones, limpiar las estanterías que rodean todo el negocio o completar la colección de reliquias que ya tiene en exposición, muchas de ellas etiquetadas. No le falta detalle. Tiene hasta objetos del ajuar cotidiano de otras épocas. Visitar a Panchito es como entrar en un túnel del tiempo, disfrutar de un museo vivo, muy vivo.
despacito y por el mismo camino

No todo el mundo consigue lo que Panchito. A los 82 años logró en octubre pasado que Tráfico le renovara el carné de conducir. Para él es vital, pero si no se lo hubiesen dado habría buscado la forma de seguir con su tienda.

Está mayor, pero es una garantía en la carretera. El hombre va a 40 y no se sale del casco, siempre por el mismo camino, de casa, en Los Llanos, al trabajo, en San Juan, sin desviarse. «Y en la ciudad no puede pasarse de 40», dice. No le tiene miedo a la calle, y ello pese a que sabe que hay «mucho gamberro suelto». Es más, se ha ganado más de un insulto por ir despacio. «Si le contara las propinas que me he llevao».

Tanta locura en la carretera no le altera. Al contrario, mantiene las buenas maneras. Cuando aparca en un mal sitio, deja un cartel dando señas por si estorba. «Estoy en la consulta» de tal médico o bien da la dirección de su tienda. «Gracias, un minusválido», les firma.

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