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La Voz de Gran Canaria

Indignación, tristeza y vergüenza

Indignación, tristeza y vergüenza JOSÉ A. ALEMÁN

Quienes la mañana de San Juan se acercaron a la Playa de Las Canteras tuvieron que experimentar sentimientos de indignación, de tristeza y de vergüenza. La playa estaba cubierta, literalmente, sin exagerar, de basura. Como si la hubieran llevado expresamente para dejarla allí. Botellas, latas, bolsas de plástico, colillas, chicles, despojos de frutas, papeles, cartones, tetrabriks... Había incluso varios carritos de supermercado abandonados en diversos puntos, al menos una maleta desvencijada y el olor a mierda, ya secuela obligada de cualquier celebración multitudinaria.

Varias cuadrillas iban recogiendo lo que podían desde La Puntilla hacia el Auditorio más con afán de ocultación de lo más grueso y visible que de verdadera recogida y limpieza. Si era temerario caminar por la arena, no resultaba menos meterse en el agua adonde la marea había arrastrado parte de la basura. El día que en lugar de rastrillar tímidamente la arena den el revolverla y batirla, ni se sabe qué fósiles podrían salir de ahí.

Les hablé de indignación, de tristeza y de vergüenza. La indignación, comprenderán, la produce la evidencia de que el Ayuntamiento no ha tomado medidas para que estas cosas no ocurran. Ni una mala pulserita que simbolice aseo. Alguna iniciativa que vaya desde la educación cívica hasta la mano dura de las sanciones con la tozudez de que alardea Luzardo en la caso de La Gran Marina o a la hora de impedirle al vecindario el uso tradicional de El Confital. Quizá sea pedirle mucho a esta corporación, pero le corresponde por inacción, buena parte de la responsabilidad.

La tristeza la provoca el que miles de nuestros conciudadanos sigan sin percatarse de que esta ciudad dejada de la mano de Dios apenas tiene lugares de expansión que no sea, precisamente, la playa de Las Canteras. Es triste que un lugar único (por privilegiado y porque no hay otro que no sea de pago) se vea maltratado de esa manera hasta el punto de convertir cualquier celebración multitudinaria en una maldición. Es tremenda la insensibilidad de la población para lo que es patrimonio colectivo de todos. Indigna la ineficacia municipal y entristece la desconsideración de quienes concurren a estos lugares hasta el punto de justificar si es buena idea que sigan celebrándose en ellos actos de esta naturaleza.

Ya habrán imaginado qué es lo que produce la vergüenza, que se une a la indignación y a la tristeza. Hemos de avergonzarnos de ser hoy un pueblo de jediondos, cosa que jamás fuimos en el pasado. Constantemente los periodistas eludimos entrar en el asunto y cargamos las tintas sobre la imprevisión de las autoridades. Como si la concurrencia de gente trajera necesariamente estos resultados y no supiéramos que hay un grado civilizatorio y de mínima educación que puede evitarlos. Como si ignoráramos la existencia de personas desaprensivas y maleducadas y de hordas juveniles que hacen de las suyas sin que nadie se atreva a afearles sus comportamientos y mucho menos meterlos a viaje porque son dados a la violencia. Son muchos los que no asisten a este tipo de celebraciones para evitarse líos y malos ratos. No viene mal recordar, al comenzar el verano, que cada año, en los pueblos de la isla, son más los establecimientos que cierran durante las fiestas patronales. En otro tiempo, las fiestas eran esperadas como agua de mayo “para salvar el año” con unos ingresos extra a los que hoy renuncian por las escandaleras y peleas.

Quiero decir, que lo de Las Canteras la noche de San Juan no es un imprevisto, no coge a nadie por sorpresa. Todos sabemos, desde hace un montón de años, lo que ocurre en estas concentraciones. En la ciudad y en los pueblos. Nada nuevo. Y menos nuevo todavía que los mandarines continúan como si nada tuviera que ver con ellos.
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