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La Voz de Gran Canaria

El Sáhara

El Sáhara JOSÉ A. ALEMÁN

En la ya larga y penosa cuestión saharaui, todos los gobiernos españoles desde los años 70 acá se han aferrado como lapas a lo que diga la ONU. No sabría decirles si es de recibo esta actitud escapista de la potencia con mayores responsabilidades directas en el conflicto. En realidad, no sé qué otra actitud hubiera podido adoptar España, porque, si bien puede achacársele haber abandonado a los saharauis a su suerte, no es menos cierto que poco cabía esperar de su capacidad disuasoria y diplomática en la zona. Recuerden el episodio de Perejil que hubiera hecho las delicias de Gila.

Pero el fracaso de la ONU está cantado. Por no decir consumado. No hay visos de que vaya a celebrarse el referéndum, aunque mantenga allí a los becarios de la Minurso; Zapatero considera prioritario mejorar y estrechar las relaciones con Marruecos, que suele poner como precio el apoyo a sus pretensiones saharianas; y se perciben preocupantes indicios de intifada en el territorio. Sé que es un paralelismo fácil hablar de intifada saharaui, pero no faltan similitudes con los palestinos: los saharauis jóvenes piensan que nada les queda por perder y se echan a la calle desafiando una represión de la que participan activamente ciudadanos civiles de la potencia ocupante a la que apoyan o con la que hacen la vista gorda los países ricos. Los resultados a la vista están: suspensión de la cumbre de la Unión del Magreb Árabe y advertencia de que el Frente Polisario podría volver a las armas. Mientras, llega la noticia de que la UE ha negociado la reapertura del caladero sahariano con Rabat. A la UE corresponderá valorar las condiciones de seguridad para los barcos que vayan a faenar en premio a su posición de por ahí me las den todas.

La primera impresión que producen estas y otras noticias es que el conflicto del Sáhara entra en una nueva etapa y ya se verá qué camino coge. Los barruntos, dijéramos, no son buenos y es evidente que España está cogida entre su interés nacional de mantener buenas relaciones con Marruecos y el deber de apoyar la celebración del referéndum en el Sáhara. En todo caso, el de oponerse al arrasamiento del pueblo saharaui. Veremos qué hace.

Canarias está también en esa tesitura con la agravante de una cercanía al conflicto que le obliga a tomar sus propias cautelas pues los intereses generales de España pueden llegar a no coincidir con los isleños en este asunto. La distancia geográfica da para eso y más. No parece, por tanto, que la conveniencia de mantener buenas relaciones de las Islas con Marruecos deba llevar al extremo de algunos empresarios canarios que se han pasado por el arco del triunfo los derechos saharauis y se han plantado en El Aaiún a hacer negocios en lo que han llamado “el sur de Marruecos”, sin el menor recato ni respeto alguno para el pueblo que soporta la ocupación marroquí.

Fue aquella una provocación gratuita que ha contaminado, para empezar, la celebración del Día de Canarias que Proexca organizó en Rabat con la participación, entre otros, de Manuel Lobo, rector de la ULPGC, que ya no sabe qué hacer para normalizar su presencia en política. En beneficio de la Universidad, claro. Participaron en los actos unas doscientas personalidades, lo que explica que no se celebrara oficialmente en Gran Canaria la fecha: no quedaba nadie para presidir.

Pero, al margen de bromas, vista la complejidad del problema sahariano y sus implicaciones, inquieta ver a ciertos personajes de la vida pública canaria haciendo de correveidiles de unos marroquíes que saben tanto latín como la Curia vaticana. Espero que no tengamos un día que reprocharles su proceder con mayor contundencia. En lugares donde impera la sensatez sería el Gobierno quien les recomendara eso, prudencia. Aquí no, como habrán visto. Da vergüenza, que es lo único que nos pueden dar.
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