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La Voz de Gran Canaria

Inmigración, avaricia y racismo tinerfeños

Inmigración, avaricia y racismo tinerfeños

ANTONIO MORALES
Alcalde de Agüimes

Llevamos asistiendo en los últimos meses a unas campañas patibularias y mendaces del periódico tinerfeño El Día que adquieren tintes de polémica y de lucha insularista esperpénticos. Así la tontería de si Gran Canaria debe desprenderse del Gran o la más reciente sobre el Dedo de Dios. Desde luego poca atención habría que prestarle a soflamas de este tipo si, en el fondo, no fuéramos conscientes de que abre abismos entre sectores de la sociedad canaria proclives al enfrentamiento y a la división de nuestra gente y nuestra tierra y de que muchos no hacen sino seguir al periódico en este juego demencial por puros intereses políticos y partidistas.

Dicho esto no entiendo cómo ha pasado desapercibido un comentario editorial del citado medio de comunicación, publicado el miércoles día 24 de mayo y que, desde luego, adquiere rasgos delictivos al convertirse en un claro alegato xenófobo y racista. Se trata, sin ningún tipo de duda, de una auténtica apología del racismo susceptible de ser perseguida penalmente.

Para
El Día es incuestionable que Canarias “sufre una invasión de africanos de raza negra pura-salvo caso de sida o enfermedades contagiosas-, la cual, como todo el mundo sabe prima sobre la blanca en caso de mezclarse”. Después se adentra en cuestionar que Santa Cruz y “la isla más grande”, mantenga su pureza ante tanta mezcla de distintos lugares en un futuro cercano.

Desgraciadamente esto no es un hecho aislado, provocado por una mente calenturienta y enfermiza. Desgraciadamente se trata de algo cada día más frecuente y que cala, poco a poco, peligrosamente, en nuestra sociedad. No terminamos de alcanzar a comprender la preocupante deriva que en estos momentos está tomando en Canarias el tema de la inmigración.

Cualquier encuesta que se realice en estas fechas certifica que la inmigración asociada a la inseguridad es la principal preocupación de los isleños; en Tunte hace unos meses y hace pocos días en Garachico, la población, con la complicidad del Gobierno canario por su improvisación y carencia de medios, se levantó en peso contra la posibilidad de que jóvenes inmigrantes residieran en sus municipios en un centro de acogida; determinados partidos políticos no dejan de utilizar la inmigración como un arma arrojadiza en una política absurda de captación de votos a través del miedo; y el colmo de los colmos la aprobación días atrás por el Parlamento Canario de la solicitud al Gobierno español de que la Armada controle a los cayucos que se dirigen a Canarias. ¿Para devolverlos a sus países poniendo en riesgo sus vidas?. ¿Para traerlos sin peligro hasta nuestras costas?. ¿Tenemos claro cuál es el objetivo, más allá de que ponemos en el mar barcos de guerra para frenar la “invasión”?.

Mientras, hacemos oídos sordos a la realidad que nos circunda. Nos olvidamos de que más de dos mil quinientos millones de personas viven en estado de pobreza lo que genera a su vez más de medio centenar de refugiados y más de cien millones de inmigrantes; que dos mil quinientos millones de personas sobreviven con menos de dos euros al día (la mitad de esos con menos de un euro); que en África existen en estos momentos doce millones de huérfanos por el sida; que más de trescientos millones de niños pasan hambre en el mundo y que la mayoría de estos mueren por desnutrición; que en catorce países africanos la mortalidad infantil es mayor hoy que en 1990 y sus pobladores están cada vez más enfermos; que... y así podríamos ir enumerando datos y cifras sobre hambre, muerte, caos, miseria, barbarie y carencias sanitarias, educativas, etc., etc...

¿No deberíamos centrar acaso nuestra preocupación en la búsqueda de fórmulas que acaben con esta situación y, por tanto, con la necesidad de que millones de seres humanos abandonen su familia, su hogar, su tierra... en busca de un horizonte mejor?. Piénselo por un momento, ¿dejaría usted atrás a su pareja, sus hijos, sus hermanos, sus padres, sus amigos, todas las personas con las que ha crecido y se jugaría la vida recorriendo cientos de kilómetros primero y el mar en un cayuco después si tuviera alguna forma de sobrevivir dignamente a su lado?. ¿Por qué se arriesgan?. ¿Qué les hace aceptar tan terrible peligro para su vida y el desarraigo de los suyos?. Sus razones tienen que ser necesariamente muy poderosas.

Desde luego todos y cada uno de estos pueblos empobrecidos buscan desesperadamente inversiones y comercio. Para Jeffrey D. Sachs, “en este mundo frágil y plagado de conflictos debemos valorar la vida en todas partes frenando las enfermedades y las muertes innecesarias, promoviendo el crecimiento económico y ayudando a garantizar que la vida de nuestros hijos sea muy preciada en el futuro”.

Para Sami Naïr “la cuestión de la inmigración es hoy fundamental no debido a la inmigración clandestina, sino porque los flujos migratorios se desarrollan debido a las crecientes desigualdades engendradas por la globalización liberal”. Según Romano Prodi, “los africanos no piden caridad a Europa o a Estados Unidos. Lo que llega a mis oídos de mis colegas africanos es un claro llamamiento a los países ricos para que implanten políticas que permitan a los pueblos africanos tomar las riendas de su propio destino.” Kevin Watkins, de Oxfam, sostiene que “las relaciones comerciales injustas perpetúan la pobreza y las extremas desigualdades que amenazan la estabilidad internacional.”

Este es el reto que tenemos por delante los canarios, los españoles, los europeos, siquiera porque durante muchas décadas tuvimos que lanzarnos más allá de nuestras fronteras – con miedo, incertidumbre, rabia, dolor, rechazo-, para buscarnos el sustento que aquí no alcanzábamos. No podemos hacer oídos sordos, insisto, y desde luego no podemos valorar desde la intransigencia, el desprecio y el racismo, el fenómeno de la inmigración, consustancial al ser humano y a las civilizaciones que han poblado este planeta.

Desde los orígenes de la humanidad la inmigración ha sido un hecho cierto y continuado. Paradójicamente el reconocimiento del derecho a emigrar fue una conquista frente a los vínculos que ataban jurídicamente a los campesinos bajo regímenes feudales. Francia en 1741 incluyó en su Constitución la libertad de traslado y de cambio de residencia. La presión demográfica en Europa en el siglo XIX y el nuevo mundo posibilitaron una corriente migratoria más allá de la normativa legal. Y detrás siempre situaciones de indefensión y desigualdades más allá de la protección teórica de su estado de origen y del receptor. Y detrás siempre la explotación de mano de obra ilegal, la utilización del inmigrante para los trabajos menos cualificados que ya no quieren hacer los locales, el rechazo, la privación del derecho al voto... y detrás siempre fenómenos de racismo y xenofobia que establecen pautas de dominación y desprecio, poniendo barreras con la excusa de la raza, el color, el sexo o la religión.

Ayer como hoy aparecen personajes y partidos políticos que intentan sacar rentabilidad electoral de este fenómeno y, fruto de la presión, una cascada de políticas policiales, aislacionistas y frentistas que los aíslan en peligrosos guetos que producen odios, rencores y enfrentamientos. Es increíble que la prosperidad que nos envuelve y la paz y la libertad que disfrutamos no nos permita entender que en la mayoría de los casos la inmigración se convierte en una forma de ayuda al desarrollo de los estados ricos prestada, paradójicamente, por los países pobres.

Que la noria de la historia nos enseñe a ver lo que fuimos, lo que somos y lo que nunca deberíamos hacer para seguir manteniendo muy alta la frente y, por tanto, la dignidad de los canarios y canarias. Como dejó escrito Gandhi “la tierra tiene suficiente para las necesidades de todos los hombres, pero no para la avaricia de todos los hombres.

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