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La Voz de Gran Canaria

Tormentosos abandonos políticos

Tormentosos abandonos políticos

NICOLÁS GUERRA AGUIAR

La noche del 19 al 20 de octubre de 1825 debió de haber sido especialmenteimpresionante para la isla de Gran Canaria, sobre todo para los habitantes del Noroeste: así lo testifica el poeta guiense Bento y Travieso en una composición de tono elevado. Tal como la describe, la tempestad que despeñó sus males desde las más altas alturas del cielo impactó no ya en la sensibilidad de un vate prerromántico sino que actuó en la propia descomposición de la naturaleza grancanaria: peñascos y peñas fueron arrastrados con poderosas ostentaciones
mientras los árboles -impotentes y mansos- se dejaban llevar por barranqueras y torrentes. Y la mar, silenciosa en otros momentos, se mostró con faz muy rizada y trepaba sobre los escollos y todo aquello que se pusiera por delante.

Ciento ochenta años después, una tormenta mucho más agresiva -y anunciada con tiempos de antelación- dejó también sentir sus efectos devastadores sobre el Archipiélago y en Gran Canaria se cebó, especialmente, en las tierras del mismo Noroeste. Dicen los expertos que las turbulencias atmosféricas superaron con
creces las limitaciones a que estábamos acostumbrados desde tiempos atrás porque vendavales casi incontrolados, surgidos desde las mismas esencias del cielo vienen dejando en la tierra cebollera, desde hace siglos, desmontes, desmoronamientos, destrucciones.

Pero concluyen que, hasta hoy, ningún tiempo se había precipitado con tanto ensañamiento y con tanta destrucción como así ha pasado con el huracán, ciclón o tornado (Delta), según prefiramos para referirnos a impetuosos vientos que giran en grandes círculos. Dicen -y hablan quienes a lo peor no saben las realidades
o prefieren disimularlas- que la natural acción de la Naturaleza quebró para tiempos infinitos lo que hasta ayer se llamó "El Dedo de Dios", en Agaete, y que veteranos nativos conocieron siempre como "El Risco Partío". Pero esas personas que dejan caer como sin aspavientos que fue la acción de las ventiscas la autora de tal desajuste olvidan, o desconocen, que hace pocos años las sólidas bases submarinas que consolidaban el asentamiento del icono representativo de Agaete fueron voladas con cientos de quilos de dinamita, tal era la necesidad de un paso transitable para el barco que nos llevaría a Tenerife. Casualidad o efectos colaterales, que se llaman hoy: pero lo cierto es que en aquellos lugares la mezcla explosiva de nitroglicerina se usó sin recatos ni reparos, cual corresponde a la caracterizadora actividad humana en su empeño de destruir, masacrar y aniquilar, ininterrumpida acción del hombre que lleva a romper los naturales comportamientos.

En mi tierra galdense, allá donde creció en siglos anteriores la propia esencia de una Naturaleza cantada por romanos y griegos, también se rompieron esperanzas, ilusiones, trabajos de gentes de bien que la habían arañado con surcos, sorribadas y fatigas para obtener de ella partos de flores, plataneras, tomateros...,
porque así ha sido desde los tiempos más remotos. Decenas de fanegadas cubren los espacios físicos de Gáldar desde las costas hasta sus interiores porque mis paisanos cebolleros identifican sus vivencias con producciones agrícolas, mantienen ordenadas relaciones con la tierra y la agricultura, su natural y honrado
medio de vida.

Por eso sorprende, extraña, perpleja, anonada que, tras los rompimientos del cielo, la única visita conocida a espacios físicos derrumbados se refiera a la que hizo, por ejemplo, alguien muy importante del Cabildo grancanario a la costa de Agaete, nada más conocerse el desmoronamiento del Dedo de Dios. Visita, sin duda, necesaria por lo que el símbolo representa como materialización de un concepto, de una idea, de algo no tangible que puede significar la propia idiosincrasia de un pueblo. Pero justo antes de llegar a las tierras vecinas de Agaete están las tierras de Gáldar, las tierras cebolleras que día a día sufren en sus entrañas irregulares impactos provenientes de sinrazones o de efectos extraños. Tierras que dejaban ver -para quien estuviera interesado en sus problemas reales- la funesta acción de los vientos, los mismos a quienes
culpan de haber tumbado la efigie monolítica agaetense.

Tierras cebolleras que representan el pan de cada día, los imprescindibles latidos del corazón que mantienen la vida y la esperanza. Sin embargo, ruinas de plataneras, invernaderos, tomateros... no significaron nada -tal parece- para quienes gobiernan en los gobiernos. Y ahora, el Cabildo grancanario quiere repartir ciento
cincuenta millones entre los municipios afectados: al mío, por ejemplo, le corresponderá menos que a quienes promocionan moda cálida, pasarelas para disfrutes de minorías.

Y también eché de menos al señor presidente del Gobierno canario, a su consejero de Agricultura, a directores generales, al norteño viceconsejero... Me parece que no se ha sido riguroso con la sensibilidad que determinadas circunstancias -y Delta fue muy especial- imponen. Pero aún se puede recuperar el tiempo perdido, sólo faltan decisión y coraje, elementos que en otros momentos caracterizan a nuestros políticos: las tragedias naturales están muy por encima de ideologías o militancias. Y Gáldar, hasta que se subsanen deficiencias, parece que sigue siendo un espacio olvidado, abandonado, dejado a su propio destino. No sé qué mayor desgracia ha de sucederle para que se acuerden de ella, de su gente, de sus trabajos y sufrimientos, de sus esperanzas y creencias en lo justo, en lo equitativo, en lo legítimo, en lo preciso.

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1 comentario

nicolás guerra -

PERSONAL

Soy el autor del artículo. Ha sido para mí una grandísima satisfacción y un gran honor encontrarme en sus páginas.
Muy agradecido, Nicolás Guerra Aguiar.
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