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La Voz de Gran Canaria

De Alzola a Cuyás

De Alzola a Cuyás LUIS GARCÍA DE VEGUETA

Conocí a José Miguel Alzola hace un montón de años (más de ochenta, si me guardan el secreto) y siempre se llamó así, aunque en mi crónica anterior algún duende secreto alojado en los ordenadores de nuestro periódico le cambió el nombre por José Manuel. ¿Un capricho? ¿Puro despiste? Otro amigo, el ensayista Ventura Doreste, me confesó en cierta ocasión que guardaba inéditos algunos de sus trabajos por temor a las erratas de imprenta. Era la época de los linotipistas, y nunca olvido aquella obra maestra de la interpretación ajena cuando escribí que un señor, a la hora del aperitivo, se estaba tomando "un ron con carajacas", y al día siguiente apareció en mi crónica que dicho señor tomaba "un ron con carcajadas". El linotipista era peninsular.

No todas las ciudades gozan del privilegio de contar con un historiador tan ilustrado y ameno como Alzola, y así la gente de Las Palmas y los forasteros han podido conocer a fondo la calle de la Peregrina, el señor Grech y la Alameda, la iglesia de San Francisco, los transportes públicos, la vida y milagros del señor Corvo, la iconografía de la Virgen del Pino, la familia Benítez Inglott, el asunto del millo y el gofio, la Plazuela de ayer y hoy, la ajetreada peripecia insular del señor Cuyás y Prat...

Por cierto, nunca he olvidado un café barcelonés (en el cruce de las calles Valencia y Enrique Granados, cerca de la antigua Universidad) donde en mi época de estudiante jugaba al ajedrez con algunos parroquianos. Entre ellos estaba un señor llamado "Panchito" muy bromista cuando iba ganando pero que se enfadaba si perdía, y otro de apellido Prat que lo traía por la calle de la amargura durante el juego, y al final le entregaba una pieza mayor simulando un descuido. "¡Jaque mate!" decía Panchito. Y el estrépito de su alegría retumbaba en el Tibidabo.

Jugué varias veces con el señor Prat. Era muy difícil vencerle. En una ocasión, tras una partida, me contó que un primo suyo algo mayor viajó a Canarias pero nunca supo sus aventuras. Se sorprendió cuando le dijo que sus nietos eran a su vez primos míos y su nombre, Salvador Cuyás y Prat, figuraba en una calle del Puerto de la Luz.
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